Reconocimiento y estreno

Domingo, 02 Agosto 2009. — Proceso, Columnas, 2009

El pasado 15 de julio se llevó a cabo la segunda de las dos presentaciones que en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes tuvo, en calidad de estreno mundial, El juego de los insectos, la más reciente ópera de Federico Ibarra (Ciudad de México, 1946).

A la manera antigua de algunas de las salas de cine, la sesión fue como en “función doble” ya que en la primera parte del evento tuvo lugar una ceremonia en la que Teresa Vicencio en compañía de María Teresa Frenk Mora, Directora General y Coordinadora de Música y Ópera del INBA, respectivamente, hizo entrega de la Medalla del Instituto Nacional de Bellas Artes a Rufino Montero (Jalisco, 1939) por sus veinticinco años de trayectoria dirigiendo Solistas Ensamble del INBA, agrupación coral que fuera fundada por el también tenor y pianista en 1984.

En realidad con más de treinta años de servicio en el instituto, creyente solidario de la música mexicana de nuestros días, no pocas son las obras contemporáneas que ha interpretado e, incluso, estrenado mundialmente al frente del Coro de Madrigalistas de Bellas Artes (primero) y de Solistas Ensamble del INBA (después), muchas veces logrando resultados óptimos.

Así mismo, condujo el Coro de la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México con quien grabara, entre otras, la Cantata Simón Bolívar de Carlos Jiménez Mabarak (1916-1994) y Elegía de Luis Sandi (1905-1996), hasta la fecha, únicas grabaciones realizadas de dichas obras.

Justamente no fue sino Rufino Montero con Solistas Ensamble del INBA a quienes les fue encomendado el montaje de la nueva ópera de Federico Ibarra.

Ibarra es un compositor involucrado con el arte teatral, y hasta donde se tiene noticia, es quien posee el catálogo más amplio de óperas en México (Leoncio y Lena, 1981; Orestes parte, 1981, Alicia, 1986; Madre Juana, 1990, entre otras).

Tal raigambre es manifiesta prácticamente desde los inicios de su trabajo creativo debido al interés en la literatura tanto como en las posibilidades expresivas de la voz especialmente cantada y narrada. 

Dicha predilección queda de manifiesto en trabajos para voz y piano (Cinco canciones de la noche, 1976; Navega la ciudad en plena noche, 1985…), para coro a capella (Cantata V De la naturaleza corporal, 1971; Tres cantos, 1996…) así como para coro con instrumentos (Cantata I Paseo en pie, 1967; Villancico VI Juguete, 1970…)

En dos actos, El juego de los insectos, con Eric Fernández al piano, un texto de Verónica Musalem basado sobre una idea de Karen Cápeck, y la dirección escénica de Moisés Manzano, no lució como debiera ya que las características del espacio no son adecuadas para una obra así.

Más que una versión de cámara (solistas, coro y piano), no fue sino una versión chiquita en donde los desplazamientos y movimientos corporales de los cantantes parecieron, en ocasiones, enjutos. 

La austeridad en elementos de la producción constituyó, así mismo, un factor para erigir la opacidad: iluminación precaria y sin contrastes, vestuario a camiseta blanca con pantalón y casco de plástico negros para los integrantes del coro en su caracterización de hormigas…, en fin. Y no es que una gran producción garantice una gran puesta, pero una gran imaginación e inventiva sí propician resultados diferentes.

Por otro lado, las líneas expresivas del drama no siempre casaron entre el discurso sonoro del piano y texto-personajes.

Con la esencia de su lenguaje habitual y diseños melódicos de cierto aire cromático, El juego de los insectos de Ibarra, con dos horas y media de duración, merece teatro y producción adecuadas, con la orquestación que el compositor ha imaginado, y en donde la interpretación se ubique en niveles suficientes de maduración.

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