Postludio a Joaquín Gutiérrez Heras

Domingo, 11 Marzo 2012. — Proceso, Artículos, 2012

La primera instancia del arte se halla ubicada en esa suerte de diálogo que no es, en el caso de la música, del compositor, sino esa acción —muchas veces interacción— entre el trabajador creativo del arte de sonidos y silencios y su materia prima que, tal como el escritor con su libro, emplea elementos que sirven para plasmar las ideas de su imaginación, es decir, las plumas y el papel pautado, (hoy, además, la computadora).

Con una percepción retrospectiva en torno de su labor musical, es posible decir que la de Joaquín Gutiérrez Heras fue una vida cuyo trazo remite a una especie de preludio en el que la arquitectura protagonizó su interés principal, hasta que un día tomó la decisión…: debía dedicar su vida a otra clase de arquitectura, la del arte de los sonidos y silencios.

Joaquín Gutiérrez Heras, (Quinos, para sus amigos más allegados), vio por primera vez la luz en Tehuacán, Puebla, el 28 de septiembre de 1927. De personalidad reservada, muchas veces parecía ser como aquella tenue luz de la que no nos percatamos hasta que se apaga; así, realmente no era de muchas palabras, por lo que el valor de las mismas tuvo siempre, de suyo, una agudeza de contundente significado.

En efecto. Lo recuerdo con sus pocas palabras, sus largos y cautelosos silencios y esa actitud aparentemente tímida que lo caracterizó. No obstante tal parquedad, sus comentarios solían revelar con frecuencia un peculiar sentido del humor tan irónico y ácido, como desenfrenado y categórico en su expresión.

Una vez tomada la decisión que determinara su vida arribó, entonces, al territorio de la música.

En un principio fue autodidacta (proceso aún generalmente no bien visto por escépticos al interior de la música de concierto), pero poco después la consciente necesidad de oficio lo condujo al Conservatorio Nacional de Música, en donde recibió las enseñanzas, entre otros, de Blas Galindo (San Gabriel, Jal., 1910-Ciudad de México 1993) y de Rodolfo Halffter (Madrid, España, 1900-Ciudad de México, 1987). Posteriormente, tuvo oportunidad de trasladarse a París para realizar estudios en el Conservatorio de Música de esa importante ciudad y más tarde, gracias a una beca que le fue otorgada por la Fundación Rockefeller, continuó su formación académica en la Julliard School of Music, de Nueva York. Ahí obtuvo el Grado en Composición.

De nuevo en México y dedicado de lleno a la creación musical, contribuyó también a la difusión de la música, principalmente la música de concierto al ser invitado para ocupar el cargo de Director de Radio UNAM, y en otro momento, la Jefatura del Departamento de Música de Difusión Cultural de la misma casa universitaria.

Gutiérrez Heras siempre fue, ha sido y será —a través de su obra— uno de esos casos en los que llegar al encuentro con su obra, es llegar al conocimiento del artista y viceversa. Lo descrito de su personalidad es, sin duda, aplicable al otro lado de su personalidad, aquella que habla sin palabras: su música, una música de oficio riguroso, austera, concisa, de precisión arquitectónica en la que de obra en obra, el compositor fue siempre su propio arquetipo muy al margen de cualquier posible influencia que no viniera a cuenta de su estricta posición estética.

Postludio. El pasado sábado 3 de marzo en la ciudad de México, Joaquín Gutiérrez Heras, Quinos, dejó de ver la luz. Nos toca ahora seguir al encuentro con su música, que es él.

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