En el lugar de la música

Domingo, 06 Septiembre 2009. — Proceso, Columnas, 2009

Según los sociólogos Raúl Béjar y Héctor Rosales, la globalización no es sino una noción que “…a veces se utiliza como un concepto que no acepta una definición única, rigurosa y precisa”. Arriban, entonces, a la conclusión de que se trata de ciertas características de orden frecuentemente ambiguo.

Pareciera que la globalización parte de concepciones que pretenden una homogeneidad, en donde la cultura de los pueblos tendría que obedecer a necesidades específicas pero no locales —propias—, sino a esquemas que justamente dichos procesos (los de la globalización) arrojan en un sentido horizontal social.

No pocas de las expresiones culturales de las comunidades indígenas en nuestro país priorizan sus valores tradicionales como medida de reserva ante vertientes que pudieran fragmentar, y tal vez paulatinamente eliminar, lo que de suyo constituyen las manifestaciones de sustento identitario.

Hoy, sobre todo hoy, de cara a la crisis económica mundial, es necesario poner énfasis en una mayor capacidad operativa y de imaginación para rescatar, preservar y difundir el arte musical, pretérito y actual, que nos pertenece.

Desde mediados de la década de los sesenta, gracias a un equipo multidisciplinario de músicos y etnomusicólogos, antropólogos e historiadores, entre otros, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) dio inicio a una tarea que derivó en el surgimiento de la serie discográfica Testimonio Musical de México.

En su contenido, una sorprendente cantidad de músicas significativas del país ha dado cuenta y confirma nuestra diversidad —cultural, social— en donde, efectivamente, podemos atestiguar la preservación de elementos que (aún) nos identifican.

A la vez, es también posible confirmar la apertura inevitable hacia ciertos géneros musicales (lejanos, diferentes) que hoy ubican algunas de las expresiones tradicionales de nuestro arte de los sonidos y silencios en procesos de acomodo, es decir, de una suerte de sincretismo cuyos resultados aún es difícil imaginar.

Así pues, el próximo 26 de septiembre será dada a conocer una de las más relevantes producciones discográficas de los años recientes. Se trata de En el lugar de la música, edición número 50 de Testimonio Musical de México. 1964-2009 (INAH, CONACULTA, s/n de serie, México, 2008).

Con Benjamín Muratalla al frente de tan titánica labor, En el lugar de la música. Testimonio Musical de México. 1964-2009 es una publicación que comprende un libro de 237 páginas con cinco discos compactos que incluyen casi cien grabaciones, conformando con ello “…un panorama actual del diverso trabajo histórico y antropológico de la cultura mexicana”.

La parte documental ha sido escrita por reconocidas plumas de especialistas diversos cuyas experiencias y registros contribuyen notablemente a evitar el desconocimiento y soslayo de nuestra esencia e historia musicales, toda vez que enriquece el patrimonio cultural que nos es propio.

Textos y grabaciones (muchas de ellas de campo) fueron realizadas por el etnomusicólogo e investigador Thomas Stanford (Tres grabaciones de campo), el doctor en historia e investigador Ricardo Pérez Montfort (Nicolás Sosa, músico jarocho e informante), la etnóloga Amparo Sevilla Villalobos (Diálogos musicales entre regiones culturales), y la doctora en etnomusicología Helena Simonett (El fenómeno trasnacional del narcocorrido), entre muchos otros.

De tal forma, el volumen 50 En el lugar de la música. Testimonio Musical de México. 1964-2009 es un compendio en el que el lector-escucha encontrará la autenticidad de un arte que, aún en el marco actual de las líneas globalizantes, posee la virtud perenne de recordarnos lo que somos, de dónde venimos.

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