Canto roto: Silvestre Revueltas

Domingo, 11 Noviembre 2012. — Proceso, Reseñas, 2012

Hace tiempo Mario Vargas Llosa afirmó que nuestro arte, el arte latinoamericano ha alcanzo “…unos niveles de elaboración y de originalidad que garantizan una audiencia universal” señalando, sin embargo, “la pequeñez del mercado cultural (…), el ámbito restringido de las actividades artísticas”. 

Quien hace poco emprendiera su solitario camino, Carlos Fuentes, con igual veracidad detonante alguna vez expresó que el nuestro es “…un país del tercer mundo con una cultura de primer mundo”.

Compositor de menos de una treintena de obras —no obstante, catálogo fundamental del repertorio musical mexicano—, Silvestre Revueltas (1899-1940) es, sin duda alguna, la voz conmovedora y tajante de un artista cuya postura patentizó en lo musical y en la vida toda, un pensamiento libertario con convicciones profundas. 

No recurrió a clichés o a lugares comunes para erigir de manera natural una obra creativa que no sólo fuera auténticamente mexicana, sin parentescos ni tendencias oficialistas. La suya es una obra que reivindica y atenúa esa frontera separatista entre lo popular y lo académico. En palabras del etnomusicólogo Gonzalo Camacho, el de Revueltas constituye un arte que “…es mensaje de respeto a la diferencia cultural y una esperanza hacia una cultura de la paz”.

Publicado por la UNAM y su Instituto de Investigaciones Estéticas junto con el Fondo de Cultura Económica, el compositor y destacado teórico musical Julio Estrada (1943) acaba de presentar su más reciente libro. Se trata de Canto roto: Silvestre Revueltas (México, 2012).

Interesado en la obra y en la vida del compositor duranguense, el libro de Estrada es resultado de años de estudio y de investigación, reflexión y escudriñamiento que van más allá de los umbrales del análisis musical académico y de un simple y relativo acercamiento al interior de la vida de un compositor.

La música de Revueltas es, de alguna manera, un arte combativo que se mantuvo al margen guardando con ello una necesaria autonomía creativa distanciada de las modas del momento.

Se habla de nacionalismo al referirse a su obra. Sin embargo, eso no es hoy sino asunto que hay que considerar con cautela al margen, precisamente, de la así llamada escuela nacionalista de la música.

En todo caso, me parece mejor hablar de la autenticidad de lo mexicano en Revueltas y preferentemente revisar la idea actual de nacionalismo.

Claro y categórico, Estrada ofrece, entre otros, testimonios de apreciación certera (“…a grandes rasgos, texturas hechas del contraste entre motivos, microformas, ritmos o sistemas parcialmente expuestos”); antagonismo (“El desencuentro de Chávez con Revueltas es paradigmático e incita a conocer de cerca lo disímil de sus respectivas psiques e inteligencias: una abierta e irónica, otra protocolaria y formal”), y cuestionamiento (José Gorostiza: “Chávez es sobre todo un agitador cuyo instrumento de agitación está por accidente en la música, como pudo estarlo en la política…”).

De igual forma, se aproxima al alma (“…el suplicio psíquico le hace vivir una penitencia…, contra la que lucha desde una herida interior que percibe el mundo con una emotividad a flor de piel que todo magnifica”), y es contundente (“…la utilización de un momento crítico enturbia la veracidad de la última palabra de Chávez, ayer y hoy improbable, acaso imposible de documentarse”).

Así, con Canto roto: Silvestre Revueltas, Julio Estrada otorga al lector una posibilidad más: la de armar, quizá, este canto roto de uno de nuestros compositores más poderosos y universales.

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