Ante la enfermedad, la música

Jueves, 10 Diciembre 2009. — Proceso, Columnas, 2009

El próximo 19 de mayo será el LV aniversario luctuoso del compositor estadounidense Charles Edward Ives (1874-1954).

Su obra más representativa e importante tanto por su tratamiento intrínsecamente musical como por su concepción y aplicación de la espacialidad es, sin duda, The Unanswered question, que compusiera en 1908. Para él la música ha estado íntimamente ligada al ser humano.

Posteriormente su colega y compatriota John Cage (1912-1992), quien llegó a ser un hito en la música a partir de la segunda mitad del siglo pasado debido a sus filosofías y postulados aplicados en obras como su 4’33’ y en sus piezas para piano modificado, fue más lejos al afirmar que la música está en el propio cuerpo del hombre.

Mucho tiempo antes, Pitágoras habló acerca de las enfermedades mentales como un resultado de desórdenes armónicos o musicales dentro del alma del ser humano. Con ello confirió a la música posibles capacidades de curación.

De tal modo, desde tiempos bastante lejanos se ha atribuido a la música el poder de sanar, e incluso, de prevenir ciertos desordenes, efectivamente, de salud al interior de los seres vivos.

Los especialistas estudiosos de nuestras culturas prehispánicas han dado con ciertos hallazgos que permiten suponer la aplicación de la música con fines curativos en contextos, inclusive, en el orden creencias religiosas.

En 1889 en la ciudad de Nahum, Petrie descubrió unos papiros egipcios que datan aproximadamente del año 1500 a.c. que constituyen los primeros manuscritos en donde se hace referencia a la música respecto de sus posibilidades curativas así como para purificar el alma.

De ello derivó la teoría del Ethos o música que provoca diferentes estados de ánimo en la que, vinculada principalmente a las escalas y modos musicales, estos ejercían efectos sobre la fisiología y status espirituales —emocionales— del hombre.

A lo largo de la historia de la humanidad varios estudios y tratados en torno a la música y sus poderes de curación han sido dados a conocer. Uno de ellos es aquel De instrumentos música, del teórico Severino Boeclo en la edad media, en donde el autor clasificó la música en tres apartados según las forma de utilización y sus efectos benéficos y contrarios al bienestar: 1- música mundana; 2- música instrumental y 3- música humana (los sonidos de nuestro interior).

Hacia la época barroca Atanasio Kircher escribió su Misurgia universal en torno a sonidos acordes y discordes en diferentes tipos de música y su incidencia en la salud, pero ya en el siglo XVIII un médico inglés, Richard Brown, enfocó en su Musical medicine la aplicación médica de la música para problemas respiratorios. 

Con ciertas recomendaciones musicales, Brown sustentó mejorías en enfermos crónicos de asma: los ataques eran menos frecuentes.

En 1974 se llevó a cabo en París el Primer Congreso Mundial de Musicoterapia que arrojó, entre otros resultados, el incentivo para crear la carrera de Musicoterpia en las universidades.

Por su parte, el compositor alemán Carl Orff (1895-1982), relevante también por sus contribuciones en el campo de la pedagogía musical, aseveró que la música permite una mejor socialización del individuo y aumento de la autoestima y confianza. Ello viene a incidir, de alguna forma, en un mejor estado de salud.

Ante la alarma en México por el virus A(H1N1) ¿habrá pronto nuevas obras de algunos de nuestros compositores impulsadas por tal crisis, independientemente de sus posibilidades curativas o no? Mientras tanto, es posible recomendar música con características que propician el relajamiento y la serenidad (modelos rítmicos regulares y repetitivos, diseños melódicos más o menos permanentes, construcciones armónicas consonantes…) pues ello podría constituir una medida paralela para prevenir y aligerar enfermedades.

FacebookMySpaceTwitterDiggDeliciousStumbleuponGoogle BookmarksRedditNewsvineTechnoratiLinkedinPinterest