A piacere*

Domingo, 27 Septiembre 2009. — Proceso, Columnas, 2009

Termina el mes de septiembre. Con él concluyó así mismo una vida más, la vida de un compositor dedicado por entero no sólo a la creación sino a la enseñanza.

Después de algún tiempo de padecimiento y lucha, finalmente su cuerpo cedió ante la enfermedad. Fue así que el pasado dos de septiembre en su tierra natal Ajijic, Jalisco, los ojos de Víctor Manuel Medeles dejaron de ver la luz, y sus oídos ya no escucharán más.

Desde joven realizó estudios en la Escuela de Música de la Universidad de Guadalajara. Por aquel tiempo, Domingo Lobato (1920), Hermilio Hernández (1931-2008) y la pianista Leonor Montijo (1930) habrían sido algunas de las primeras figuras más importantes en su aprendizaje musical.

Posteriormente se trasladó a la ciudad de México e ingresó al Taller de Composición del INBA que originalmente fundara Carlos Chávez (1899-1978), donde fue alumno de otras personalidades de nuestra música, Héctor Quintanar (1936), Mario Lavista (1943) y Joaquín Gutiérrez Heras (1927) quienes, sin duda, constituyeron una especie de eje sustantivo en su asimilación del arte de los sonidos y silencios.

Precisamente al lado de Lavista y de otros compositores, Medeles formó en 1970 el grupo Quanta, ensamble dedicado a la improvisación musical de manera particular. 

Esta experiencia generó en él inquietudes y líneas de conducta musicales que fortificaron su trabajo creativo, polarizando la búsqueda de una personalidad propia aún en terrenos de una música abierta que diera por resultado piezas para solos como su Intento I, para piano, y el Ensayo, para guitarra, ambas escritas en 1979, así como Intento II, para flauta, corno, trompeta, trombón y percusión, de 1980.

Amigo cercano de su paisano, el compositor y violinista Manuel Enríquez (1926-1994), todavía en la ciudad de México colaboró durante algún tiempo en el Centro de Investigación, Documentación e Información Musical “Carlos Chávez” y hacia 1976 junto con Héctor Quintanar fundó el Taller de Composición de la Sociedad de Autores y Compositores de México.

Ya de regreso en Guadalajara y Ajijic, fue apoyado para fundar lo que dio en llamar Taller de Creación Musical Manuel Enríquez, que es hasta la fecha una activa escuela que, por cierto, justo en agosto acababa de decidir y turnar su dirección.

Becario del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Jalisco, Medeles recibió varios encargos de obra, especialmente de las autoridades culturales de su estado.

De tal forma, su imaginación creativa produjo obras como el Homenaje a Tzapopa, para orquesta sinfónica, escrita en 1991 por encargo del municipio-ayuntamiento de Zapopan en el marco de los festejos por el aniversario de la localidad respecto de su fundación.

Por sus características, una obra musicalmente muy cercana a ella es la que le fuera encargada por la Secretaría de Cultura de Jalisco para festejar el 50 aniversario de la Orquesta Filarmónica de Jalisco. Se trata del Concierto para guitarra y orquesta que terminó en 1996, dedicado al guitarrista tapatío Sergio Medina.

Luego de una etapa creativa en donde la exploración con los parámetros indeterminados agotaron para él las posibilidades, y apartándose con ello de las tendencias de moda, el compositor de Ajijic decidió arribar a un espectro del lenguaje musical formalmente más seguro y conservador, en donde la peculiaridad de sus preferencias tímbricas nunca abandonaron del todo una identificación del color con lo propio, y siempre trabajó con pasión y placer paralelos.

De haber podido, hubiera concluido la suite sinfónica en la que se encontraba trabajando para ser estrenada en el 2010 en el marco del Bicentenario. De cinco partes, dejó terminadas tres.

 


* Título homónimo de la obra —de su catálogo, quizá la más lograda en su tipo— que escribió en 1971 para un instrumento de cuerda, uno de teclado y percusión.

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